miércoles, 29 de julio de 2009

Cómo pesan las palabras





En mi ciudad existe un señor llamado Armando Fuentes Aguirre alias “Catón”. Es cronista y uno de los personajes vivientes más famosos de Saltillo. Mucho se dice sobre él. Es criticado por algunos, alagado por otros. No importa. Yo tengo una historia que contar sobre este señor que fue un ser importante en mi niñez. Catón era amigo de la infancia de mi papá. Cuando yo era niña visitábamos su casa-estación de radio con mucha frecuencia. Fue ahí donde conocí a Armando, pero no como el personaje emblemático y a veces “enclichado” que los medios nos muestran, sino como aquél amigo que nos recibía de una manera amable en su casa y platicaba de temas comunes y de grandes proyectos. Esas charlas eran como cualquier plática entre señores grandes que fueron amigos en épocas de antaño.
Años después Catón (que por cierto también es escritor) publicó en su columna del periódico una nota dedicada a mi papá. Mis ojos de catorce años pasaron por las líneas de aquél texto. Algunos recuerdos quisieron hacer de las suyas, pero no los dejé. Leí y ya (como no debe de ser). Hoy, un sexenio después, una copia de la nota llegó a mis manos. Curiosamente hoy. Este día Catón ofreció una conferencia, y como ahora hago mis prácticas en la sección de arte del periódico, me tocó cubrir el evento. Parecía un Catón tan distinto al que conocí yo. Ahora acabo de enviar la nota sobre él y, como si fuera una señal divina, la copia de la antigua columna escrita por el cronista se asomaba por mi bolsa, como queriendo decirme algo.
Y ahí estaba cada palabra. Intacta. Leí:

PRESENTE LO TENGO YO
Armando Fuentes Aguirre “Catón”
Cronista de la ciudad

Procesión de silencios
Los amigos se van uno tras otro

“Me entristeció la muerte de Eulogio Flores Meléndez, amigo de toda la vida, compañero en el Colegio Zaragoza. No alcanzó a celebrar el quincuagésimo aniversario de nuestra generación. Tres años antes de la llegada de esta fiesta, empezó a recordarnos que se acercaba el jubileo. Murió días después de la celebración; no pudo ya asistir a ella.
Lo recuerdo en los días lejanos -tan cercanos – de la primera juventud. Era un muchacho afable, cordial, lleno de alegría. Tocaba el piano y la guitarra, cantaba con entonada voz. Alto y delgado, era también excelente bailador. Su casa estaba por la calle de Bravo, subiendo la de Juárez. Pertenecía a una familia numerosa. Su madre, doña Rita, vive aún.
A Eulogio le fue dada la gracia de la fe. No lo asaltaron nunca las dudas que a otros nos pusieron en enconado cerco. Discutíamos sobre las cosas de Dios, y él aportaba razones y argumentos sacados de no sé qué lecturas, y nos dejaba convencidos hasta el día siguiente, cuando las dudas llegaban otra vez. Solía Eulogio frecuentar los oficios religiosos; lo tengo en la memoria con su misal en mano, camino de San Esteban o de la Catedral.
Dejé de verlo luego. La vida, en buena parte, es un dejar de ver. Lo volví a encontrar hace algunos años. Se entusiasmó con Radio Concierto ; nos visitaba con frecuencia en la estación; tenía excelentes ideas para el diseño de los programas cotidianos. Llamaba por teléfono un día sí y el otro también a fin de comentar cosas de la difusora y pedir música que le gustaba.
¡Cuántos se han ido ya de quienes fueron compañeros nuestros! Si volviéramos a ocupar nuestros lugares en el salón de clase, quince pupitres quedarían vacíos. Quince amigos se han ido de aquéllos que compartieron nuestro ayer. Unos murieron en capullo, como Héctor Coronado, a quien la meningitis aguda arrebató cuando estábamos en tercer año de primaria. Otros, como Salvador Flores Guerrero, se fueron apenas ayer. Parecería que están aún aquí…
Se acrece la procesión de sombras con la muerte de nuestro amigo Eulogio. Lo reciben los que se fueron antes. ¿Quién llegará después? No somos tan viejos todavía. Al menos eso pensamos. Andamos entre la sexta y la séptima década de nuestras vidas. Y sin embargo… El sol se va poniendo ya tras de la barda. La noche no tarda en llegar.
Pero son luminosas esas amadas sombras de los muertos. Son, por decirlo así, sombras de luz. Llevan en sí fulgores de recuerdos, memorias de aquellos días en que por no saber nada lo sabíamos todo. Yo abro los ojos a la recordación y veo a Eulogio Flores, alto y delgado, en los labios una sonrisa alegre y en la mano un apretón cordial… Si los seres amados murieran del todo cuando mueren, nosotros no viviríamos del todo mientras vivimos. Es cierto que algo de nosotros se va con nuestros muertos, pero no menos cierto es que algo de ellos se queda con nosotros siguen viviendo. Sigue viviendo en nosotros nuestro amigo Eulogio”.


Años han pasado y hasta ahora las palabras de aquél señor, que quizá ni me recuerda, tienen mucho sentido.
Basta con mirarse al espejo.

Porque yo me quiero morir en un bosque...

Porque yo me quiero morir en un bosque...
(Me valió que la foto la haya tomado en el Parque 'Las Maravillas')

Ni de aquí ni de allá

Ni de aquí ni de allá
¿El arte cansa?

Cuando yo intento escribir...

Cuando yo intento escribir...
(solo que en vez de máquina de escribir, imaginense una lap-top)

Mis libros v.i.p.

  • Canto a mi mismo
  • Cien años de soledad
  • Cyrano de Beryerac
  • Demian (clásico, ¿verdad?)
  • El conde de Montecristo
  • El evangelio de San Juan
  • El extranjero
  • El principito
  • Frankenstein
  • Hamlet
  • La dama de las Camelias
  • La vida es un sueño
  • Pedro Páramo
  • Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos
  • Sinhué, el egipcio
  • y etc...

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